Cierto día un niño muy pequeño se perdió en el bosque y ya nunca más pudieron dar con él.
Pero un viejo y sabio druida que vivía en las profundidades del bosque lo encontró y lo crió como si fuera su propio hijo. Le enseñó a amar la naturaleza y a honrar a cada planta y animal como un Ser individual.
Le inició en las artes de la sanación, y muy pronto el muchacho mostró una inclinación especial hacia estas más que hacia ninguna otra actividad. El sabio druida lo supo ver y decidió ayudar al muchacho a desarrollar esa capacidad.
Cierto día, cuando caminaban alegres por el bosque recolectando flores, encontraron un claro en el bosque, y en medio de él, había un cervatillo herido en una pata.
El muchacho, que tenía mucha compasión ante el sufrimiento, ya iba a salir corriendo con la intención de ayudar al cervatillo, cuando su maestro le detuvo.
El sabio le dijo:
“Ser impulsivo no siempre es correcto. Debes aprender a observar antes de actuar. Fíjate en el cuerpo y en los ojos del cervatillo. Sus ojos demuestran un miedo muy grande y lo mismo dice su cuerpo tembloroso.
Si tú hubieras salido corriendo hacia él, el cervatillo hubiera seguido su instinto de huir, con lo que se habría hecho una herida mucho mayor de la que tiene.
Debes aprender a ser cauteloso en estos aspectos.”
El muchacho le escuchaba, admirado por la sabiduría de su Padre-Maestro. Con humildad pensó que quería llegar a ser como él.
En ese momento, el viejo sabio ser rió con ganas, y una voz sonó dentro de la mente del niño:
“Muchacho, no solo llegarás a ser como yo, sino que serás mucho más sabio aún.”
El chico estaba desconcertado. ¿Era posible que su maestro leyera la mente?
Pero sus atenciones volvieron al cervatillo herido. Había que hacer algo antes de que otro animal hambriento lo encontrara.
El viejo druida le dijo:
“Como ejercicio preparatorio, haz lo que te voy a decir. Imagina que ese cervatillo está aquí, frente a ti. Imagina que no tiene miedo de ti y que desea que le ayudes a curarse. Cierra los ojos y haz lo que harías si estuvieras frente a él.”
El muchacho se sintió un poco decepcionado de tener que retrasar su auxilio al animal, pero aceptó y puso todo su corazón y su mente en el ejercicio que su maestro le había propuesto, pues sabía que él era más sabio.
Con los ojos cerrados, imaginó que estaba transmitiendo energía sanadora a través de sus manos. Sintió cómo colocaba los músculos desviados del cervatillo y sintió como la energía fluía de sus manos y hacía que la sangre se reabsorbiera y las heridas se cerraran.
Estuvo mucho rato muy concentrado, pues ayudar a sanar era lo que más le gustaba hacer.
Cuando sintió que todo estaba bien en la pata de su imaginario cervatillo, despacio abrió los ojos, y lo que vio casi hizo que se le detuviera el corazón.
Inexplicablemente ¡¡¡Él estaba en el centro del claro junto al verdadero cervatillo!!!
El pequeño ciervo, para mayor sorpresa del muchacho, se levantó y, después de tambalearse un poco como si acabara de nacer, se alejó saltando y corriendo, como si nunca hubiera tenido herida alguna.
Antes de adentrarse en el bosque, el cervatillo giró su cabeza para mirarle, y pudo captar en sus ojos una expresión de inmensa gratitud.
El niño, aunque aún se sentía muy confundido, sintió una gran alegría que le llenaba el corazón. Miró hacia el borde del claro y allí vio a su maestro sentado. Corrió hacia él ansiando una explicación.
“¡Maestro!” le dijo. “¿cómo lo has hecho? ¡Ha sido maravilloso! ¿Podrías enseñarme a hacer eso? Trabajaré duro para estar preparado”
El viejo druida empezó a reírse con mucha fuerza, y estuvo tanto rato riendo que el niño se empezó a extrañar.
“¿Qué habré dicho que sea tan gracioso? ¿por qué se ríe así el maestro sin responder a mis preguntas?” Así pensaba el muchacho, que estaba cada vez más confundido.
Poco a poco, el viejo sabio dejo de reír, las lágrimas le caían a borbotones por las mejillas de tanto que había reido.
“Hijo mío” le dijo al niño. “Lo que voy a decirte es cierto y debes prepararte para oírlo.”
Estuvo pensativo unos momentos y luego prosiguió:
“Yo no he hecho nada, todo lo has hecho tú. De hecho eres tú quien debería enseñarme a mí, pues yo no conocía esa técnica Yo sí sabía que se puede ayudar a sanar a distancia, y por eso fue por lo que te propuse el ejercicio preparatorio. Pero cambiar el cuerpo de lugar sin moverlo es algo que ha escapado hasta ahora a mis posibilidades.
Ha sido el amor que sentías y las ganas de ayudar lo que te ha dado ese tremendo poder. Debes tener muy en cuenta que ese poder no es tuyo, sino que pertenece a los sentimientos que albergabas en ese momento. No debes buscarlo ni codiciarlo, porque huirá de ti. Tan solo debes mantenerte en los mismos sentimientos de amor y compasión y el poder vendrá a ti en cuanto lo necesites.
Créeme muchacho, así es como funcionan estos dones que se nos otorgan.”
El niño estaba desconcertado. Parte de sus dudas se habían aclarado, pero otras surgían y el discurso de su maestro contenía demasiada información para ser asimilada en un momento.
Aquella tarde volvieron en silencio a su casa en el corazón del bosque.
El viejo sabio caminaba con una media sonrisa en la comisura de sus labios y una chispa especial en la mirada. El muchacho estaba ensimismado, con el ceño fruncido, entre maravillado y confuso, agradecido y humilde. Aquella noche le costó dormirse.
“¿Así que no somos dueños de nuestros propios poderes? ¿Hay energías externas que influyen en nuestra vida y nos dan y nos quitan? ¿Cuál es entonces mi papel en la vida?”
Estas y otras preguntas se agolpaban en su mente cuando le alcanzó el sueño, que fue como un bálsamo para su removida mente.
Julio Chinea Hernando
www.relatosparaelalma.blogspot.com
miércoles, 29 de octubre de 2008
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